miércoles, 10 de octubre de 2012

ENTRAR AFUERA, SALIR ADENTRO

Una puerta es algo más que un agujero en un muro. Es, incluso algo más que un filtro entre espacios. Una puerta es también un paso entre un estado y otro de nosotros mismos. Somos seres ambientales que reaccionamos con el espacio a muchos niveles y cambiar de entorno físico nos cambia también por dentro, especialmente si estamos pasando de un exterior a un interior.




















     
El judío de Nueva York. Ben Katchor. Astiberri ediciones. 2008


A diferencia de otras culturas, como las orientales, en las cuales el acceso al edificio se produce a través de una serie de espacios filtro, en nuestras ciudades la cara que la arquitectura ha dado históricamente al exterior ha sido un muro. Un plano de ladrillo o de piedra resolvía, desde el suelo hasta la cubierta, la relación entre el exterior y el interior. En este plano se distribuyen una serie de ventanas y balcones que, por razones estructurales, se ordenan en un ritmo regular. En otra entrada del blog, UN TEJADO PARA EL ASFALTO, hablábamos sobre el valor simbólico de ciertas formas de la arquitectura. El muro punteado regularmente de ventanas y balcones es un símbolo de la propia idea de fachada, entendida ésta como algo que le da forma al espacio de la calle al mismo tiempo que configura el reverso de otro mundo, un mundo interior.


El judío de Nueva York. Ben Katchor. Astiberri Ediciones. 2008

En Barcelona, algunas de estas fachadas están protegidas como patrimonio arquitectónico y se tienen que mantener aunque se permite tirar el resto del edificio y construir uno nuevo detrás. En la calle Sant Pau una de ellas ha quedado como una hoja de papel tras la cual se pegan, sólo en algunas partes, unos volúmenes nuevos. Así, en el cruce entre Sant Pau y Reina Amàlia no hay nada detrás de ella, solamente la calle y el cielo. No solemos advertir lo que se da por supuesto hasta que nos sorprende su ausencia; aquí la fachada ha perdido su relación funcional con la arquitectura y con la ciudad y, precisamente por eso, nos damos cuenta de hasta que punto la fachada en sí misma nos evoca una frontera, un cambio. Al cruzarla, aún sabiendo que vamos a seguir en la calle, casi podemos sentir en la piel la expectativa de un mundo desconocido, de un interior por revelarse.





















Una vez al otro lado no podemos decir claramente si estamos dentro o fuera, ni tampoco de qué. La arquitectura ha empezado una ceremonia de la confusión que aumentará cuando giremos la cabeza y veamos que el reverso de la primera fachada es otra fachada (con sus puertas, balcones y ventanas), todavía mas rotunda que la primera, que nos invita a pasar a su interior: la misma calle Sant Pau de la que venimos.



















Después de cruzar este umbral, en cualquiera de sus dos sentidos, los ámbitos que encontremos se resisten a ser catalogados cómo un interior o un exterior. Esta fachada reversible desdibuja el carácter de lo que le queda a ambos lados. Tras ella la naturaleza de los espacios, y quizás la nuestra propia, se vuelve algo huidizo.



                                                                                                    Rafael Pérez Mora


7 comentarios:

  1. La claridad de la síntesis introductoria te lleva a esa confusión final que la misma fachada irreversible te produce.
    Siguiendo tu blog me doy cuenta que tu síntesis narrativa está en función, no tan sólo del tema que tratas, sino de una visión clara y nítida de tus reflexiones y emociones.
    Magnífico texto.

    Alejandro

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  2. La puerta de entrada es la gran boca del edificio que engulle humanos confiados para luego escupirlos sin apenas digerir. La ventana es el ojo ocioso que vigila a su siguiente víctima.

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    Respuestas
    1. la fachada como un Test de Rorschach . . .

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  3. título alternativo: "ENTRAR AFUERA, SALIR ADENTRO (O LA FACHADA GALLEGA)"

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  4. Jaja. Sí, es tan extraña como una persona parada en mitad de una escalera...

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  5. Una ciutat és d’entre altres coses un museu obert que alberga, i mostra generosament al transeünt abundants testimonis de formes de vida anteriors, i aquesta carcassa n’és un d’ells. Ens estimula a la consideració de la vida que ha pogut allotjar, com ho fa l’exúvia d’un insecte quan aquest emergeix, i com l’exúvia ha restat per sempre més oberta.

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